PARA EL CAMINO

  • Amigo de los pecadores

  • marzo 14, 2010
  • Rev. Dr. Ken Klaus
  • © 2025 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Lucas 15:1-2
    Lucas 15, Sermons: 4

  • Cuando era joven y mis hijos eran pequeños, estaba al frente de la congregación que me había llamado para que les sirviera como su pastor. A pesar de mi ego de entonces, el Señor decidió bendecir ese trabajo. A medida que las cosas que hacíamos iban prosperando, las responsabilidades iban aumentando. Como pastor a cargo, las responsabilidades comenzaron a demandar más y más horas de trabajo, lo que significó menos tiempo para dedicar a mi familia. Me consolaba saber que mi esposa Pam era una madre maravillosa. En realidad, ella se encargaba de criar a nuestros tres hijos y mantener la casa, y yo me encargaba de la iglesia. Así eran las cosas.

    Así eran las cosas hasta que decidimos poner unas tarjetas dentro de los boletines dominicales. Un lado era para ser llenado por los visitantes que querían tener más información sobre nuestra iglesia, y el otro lado para quienes tenían algún pedido de oración o alguna necesidad especial y querían que el pastor los visitara. Cada semana, durante los anuncios en el servicio de adoración, yo hacía referencia a la disponibilidad de dichas tarjetas que, poco a poco comenzaron a ser usadas con bastante frecuencia, para alegría de quienes habían tenido la idea de hacerlas y también para mí, aunque agregaban más actividades a mi ya bastante completo horario.

    Todos estábamos contentos hasta que mi hija Kirsten, de 6 años, decidió llenar una de esas tarjetas y dármela a la salida de la iglesia. En ella decía que quería que el pastor -o sea yo- la fuera a visitar. Como me pareció muy simpático, la guardé para mostrársela a mi esposa. Más tarde, durante el almuerzo, aproveché para explicarles a mis hijos que, como pastor, tenía la responsabilidad de ayudar a todas esas personas que ellos veían cada domingo en la iglesia. Les dije que todas esas personas esperaban que así lo hiciera y que, a pesar que me gustaría poder estar más tiempo con ellos, estaba haciendo lo que el Señor quería que hiciera.

    La semana siguiente todo fue bien. El miércoles, uno de los ancianos de la congregación me llamó y me invitó a almorzar. Lo primero que me dijo fue que había ido en representación de todos los ancianos para decirme que, aun cuando estaban muy conformes conmigo, se habían enterado de algo serio que requería mi inmediata atención. Entonces me dio una de esas tarjetas, que decía: «Quiero que mi pastor me visite». Estaba firmada por mi hija Kirsten, mi hijo Kurt, y mi esposa Pam. Kris, nuestra hija menor, también la hubiera firmado, pero todavía no sabía escribir.

    Ese buen hombre continuó diciendo: «Pastor, todos estamos de acuerdo en que, después de Dios, ellos son su primera responsabilidad. Nosotros vamos a ayudar con algunas de las tareas de la iglesia, pero su tarea es cuidar a su familia». Luego de decir eso se levantó, dejó dinero suficiente para pagar varios almuerzos, y se fue. Ni bien había salido, aparecieron por la puerta Pam y los niños. Tuvimos un maravilloso almuerzo todos juntos. En cuanto a esos ancianos… cambiaron para siempre mi vida y mi ministerio. Ese día, esos simples granjeros con un increíble sentido común, me enseñaron tres cosas. Primero, que yo no era imprescindible para que las cosas se hicieran. Segundo, que tampoco era irremplazable. Y tercero, que siempre… SIEMPRE… debo hacer tiempo para las personas que más quiero, y que me necesitan.

    Todo esto es algo que Jesús ya sabía. No la parte sobre no ser imprescindible. A ningún cristiano se le ocurriría pensar que Jesús no fue imprescindible. Jesús, y sólo Jesús, vino a este mundo a dar su vida como rescate por nosotros (Mateo 20:28). Y Jesús nunca tuvo que aprender que no era irremplazable, porque él es irremplazable. La Biblia es clara: Jesús, quien fuera rechazado por su propia gente, al cumplir los Diez Mandamientos, al resistir constantemente las tentaciones del diablo, y al resucitar de la muerte al tercer día, es la razón por la que somos perdonados y garantizados una eternidad junto al Padre. Es imposible reemplazar a Jesús. «En ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos» (Hechos 4:12). ¿Cómo podría ser reemplazado el Cordero de Dios, si sólo él es «el camino, la verdad, y la vida»? (Juan 14:6a). ¿Cómo podría ser reemplazado, si nadie llega al Padre sino por él?

    ¿Qué aprendí, entonces, que Jesús ya sabía? Aprendí que siempre hay que hacer tiempo para los que nos necesitan. Y esto es algo que Jesús practicó durante todo su ministerio. Él, que era imprescindible e irremplazable, el todopoderoso Hijo de Dios que todo lo sabía, siempre hizo tiempo para atender a quienes lo necesitaban. Y esa cualidad hizo de Jesús una persona muy especial.

    ¿Ha tratado usted alguna vez de acercarse a una celebridad? Antes de que logre llegar muy cerca, se encontrará con un guardaespaldas que le cortará el camino. Peor aún, trate de entrar en la Casa Blanca sin una invitación. Por más que diga que votó al Presidente, que es su más ferviente admirador, que lo único que quiere es poder darle la mano… no va a llegar ni siquiera cerca de él. Todos los grandes líderes son protegidos por agentes de seguridad. La época en que uno se podía acercar al Presidente y darle un apretón de manos sin tener que pasar por seguridad terminó el 6 de septiembre de 1901, cuando un hombre de Detroit, que había perdido su trabajo, esperó su turno no para darle la mano, sino para asesinar al Presidente William McKinley.

    Pero con Jesús es diferente. Él es el Hijo de Dios, el Rey de reyes, y el Señor de señores, pero también es el Salvador que está dispuesto a encontrarse con las personas que lo necesitan. Eso es lo que dice en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas: «Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».» Vemos que hay dos grupos. En el grupo 1 están los recaudadores de impuestos y los pecadores que se acercaron a Jesús. En el grupo 2 están los fariseos y los maestros de la ley que lo criticaron y se quejaron de lo que hacía.

    Veamos más de cerca al grupo 1, que son los recaudadores de impuestos y los pecadores, o sea, los desechados o la escoria de la sociedad, los parias, los proletarios. Estos fueron los que se acercaron bien al Señor para no perder nada de lo que él decía. Y, al revés que muchos de los rabinos y de los que decían ser los ‘grandes maestros’ de esa época, que creían que sus pensamientos y palabras eran demasiado nobles y puras para decirlas delante de esa clase de gente, Jesús les mostró que estaba más que dispuesto a hablar con ellos.

    Las palabras de Jesús muestran que él estuvo dispuesto a dedicar tiempo a quienes lo necesitaban. ¿Acaso no dijo: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28)? Estas palabras tan especiales llegan profundo, pero ¿qué muestran los hechos del Salvador? ¿Acaso hay una contradicción entre lo que Jesús dice y lo que hace? Todos sabemos que es fácil y predecible que un político, o incluso un predicador, diga las cosas que la gente quiere escuchar, especialmente cuando se trata de recaudar fondos, o se acerca la época de las elecciones. Pero, ¿qué sucede una vez que consiguieron lo que buscaban, o que la campaña termina? ¿Siguen poniéndose al servicio de esa gente que los apoyó o que los votó? ¿Cumplen con las promesas que hicieron para conseguir más votos? Ya estamos tan acostumbrados a que no lo hagan, que no nos sorprendemos más, ¿no es cierto?

    Ahora fijemos nuestra atención en Jesús, y veamos si sus acciones respaldan sus palabras, o si anulan su maravilloso mensaje. En los evangelios encontramos a algunas madres que creyeron que sería bueno que Jesús pusiera sus manos sobre la cabeza de sus niños, y los bendijera. Casi podemos ver la procesión desorganizada y bulliciosa de niños: algunos riendo, otros llorando, otros empujándose, todos esperando junto a sus mamás a que Jesús los bendijera… hasta que los discípulos de Jesús los detuvieron y les dijeron: ‘El Maestro ha estado demasiado ocupado, así que está muy cansado como para ser molestado por ustedes y sus niños. Quizás otro día pueda darles la bendición… algún otro día, pero no hoy’. Sin embargo Jesús, que estaba cerca, escuchó lo que los discípulos les dijeron a esas madres y, en menos de un segundo, contradiciendo las órdenes de sus discípulos, recibió y bendijo a los niños. Jesús tiene tiempo para los que más lo necesitan y para quienes quieren estar cerca de él.

    Pero esa no fue la única vez. Hay muchas más. En tiempos de Jesús, la lepra era una enfermedad no solamente incurable, sino también horrorosa, aterradora, y mortal. Quienes la contraían eran mandados al exilio, aislados por completo de la sociedad, incluyendo familia y amigos, y cada vez que alguien se acercaba tenían la obligación de gritar: «¡Impuro! ¡Impuro!», para que no se acercaran más. Sin embargo, en el Evangelio de Mateo capítulo 8 versos 2 y 3, encontramos la siguiente historia: «Un hombre que tenía lepra se le acercó y se arrodilló delante de él. ‘Señor, si quieres, puedes limpiarme’, le dijo. Jesús extendió la mano y tocó al hombre. ‘Sí quiero’, le dijo. ‘¡Queda limpio!’ Y al instante quedó sano de la lepra.» Jesús bien podría haber seguido de largo e ignorado al leproso. De hecho, los libros de la ley decían que eso era lo que se debía hacer; los sacerdotes le habrían dicho que hiciera eso; cualquier persona con sentido común le habría dicho a Jesús que simplemente ignorara al leproso y siguiera de largo. Pero eso no fue lo que Jesús hizo. En vez de seguir de largo, Jesús extendió su mano, tocó al leproso, y el hombre fue sanado. Una vez más, Jesús hizo tiempo para quienes más lo necesitaban.

    ¡Miren! ¡Miren! ¡Fíjense en la cantidad de personas que vienen! Ciegos, sordomudos, inválidos, leprosos, poseídos, los que han visto la muerte… miren cómo llevan a sus niños, a sus familiares… un joven de Naín… una niña de Capernaúm… un hermano de Betania… Multitudes alimentadas por Jesús; marginados y solitarios recibidos por Jesús. La lista es interminable porque Jesús no rechaza a nadie. Tiene tiempo para salvarle la vida a la mujer que comete adulterio, y para darle agua de vida a la samaritana que encuentra en el pozo de agua. A ambas les cambia la vida. Ambas lo necesitaban.

    Pero hay muchas más cosas que ver, aparte de los milagros de Jesús. Es cierto que los milagros son impactantes, pero no son ni el principio ni el fin de la obra del Salvador.
    Escuchen sus palabras. Jesús dice palabras de consuelo a quienes se sienten solos y a quienes sufren; también seca las lágrimas de quienes lloran la muerte de un ser querido, y llena de paz a quienes pensaban que el dolor nunca los iba a abandonar. En nuestros días hay muchos que dicen que Jesús aceptó a todos, incluyendo a los peores pecadores, y es cierto. Pero si nos fijamos con detenimiento, veremos que Jesús no aceptó sus pecados. Al contrario, él habló a los corazones heridos y a las conciencias molestas, para que se alejaran de sus pecados. Con la autoridad que sólo él poseía, los llamó al arrepentimiento, a la confesión, y al perdón. Fíjese bien y verá que las almas que son llevadas a Jesús son transformadas por su llamado al arrepentimiento y la salvación. Todas esas almas necesitaban a Jesús, y él no las defraudó.

    ¿Será que Jesús tiene tiempo para los que lo necesitan? Para encontrar la respuesta a esta pregunta, debemos ir a otro lugar más. Es en una pequeña colina en las afueras de Jerusalén, donde contra el cielo oscuro podemos distinguir el perfil de tres cruces. Si le resulta difícil ver morir a un Hombre inocente por los pecados de un mundo culpable, le sugiero que mire para otro lado. Si no soporta ver el sufrimiento y la agonía del Salvador, lo invito a que cierre los ojos y escuche lo que él dice.

    Mientras colgaba en la cruz, Jesús habló siete veces. Tres de esas veces dijo algo que tenía que ver con quienes más lo necesitaban. «Padre, perdónalos…» (Lucas 23:34) ¡Cuánto amor debe haber habido en su corazón para poder perdonar a quienes lo clavaron a la cruz! Jesús habló otra vez: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Juan 19:26). Con unas pocas palabras, Jesús se aseguró que alguien cuidara a la mujer que durante tantos años había sido una sierva obediente del Señor. Ella necesitaba a Jesús, y él respondió, dejándola al cuidado de Juan.

    Luego, en medio de su terrible agonía, Jesús escuchó el pedido de uno de los hombres que había sido crucificado a su lado. «Recuérdame», le suplicó. Medio moribundo, ese hombre reconoció sus pecados, confesó su fe, y se acercó a Jesús en oración. Y a ese hombre que tanto lo necesitaba, Jesús le dio la más grande promesa: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso». Esta promesa Jesús la ha hecho, y la sigue haciendo a pecadores arrepentidos de todas partes del mundo de todos los tiempos.

    ¿Se la ha hecho a usted? Si es así, me alegro mucho. Si no, quiero decirle algo: Jesús ya pagó el precio para que usted pueda ser salvo, y él quiere que usted se salve. No se deje engañar pensando que no necesita un Salvador. Todos necesitamos uno. Deje que el Espíritu Santo le guíe hacia Jesús… él lo va a recibir con los brazos abiertos.

    Y si de alguna manera podemos ayudarle, por favor comuníquese con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.