PARA EL CAMINO

  • Aroma a pan de vida

  • agosto 11, 2024
  • Rev. Dr. Hector Hoppe
  • © 2025 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Juan 6:35-40, 48-51
    Juan 6, Sermons: 9

  • Cristo, el pan de vida, borra nuestras culpas, calma nuestras ansiedades, diluye nuestros miedos y restaura nuestras debilidades, para que encaremos esta vida temporal con la esperanza firme de la vida eterna.

  • Comenzamos esta reflexión bajo la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

    Mi mente, como la de todos los seres humanos, es una gran grabadora de imágenes, sonidos y sabores. No me imagino la enorme biblioteca de recuerdos que mi mente ha almacenado durante mi vida. Cada día ha pasado algo lindo, o no tan lindo. Cada día mis ojos han visto escenas agradables y algunas que me han hecho cerrar los ojos. Cada día mis oídos han escuchado halagos o gritos, música o ruidos estridentes. Todo ha quedado registrado. ¿Qué capacidad tiene nuestra mente para guardar todo lo que nos ocurrió durante nuestra vida? Una capacidad increíble. Cuando parece que ya no nos acordamos de alguna cosa, de pronto vemos o escuchamos algo o sentimos una fragancia, y se nos despierta un recuerdo. La memoria es una maravilla de la creación de Dios.

    Cada vez que pongo un pedazo de pan a tostar, el aroma me recuerda cuando volvía de la escuela primaria y encontraba a mi madre sacando el pan recién horneado del horno que teníamos en el patio. ¡Cómo olvidar esos gratos olores, cuando mi madre llevaba el pan caliente a la mesa! Esas imágenes, que no se borran fácilmente, tienen la función de llevar nuestra vista al cielo y dar gracias a Dios por todo lo vivido.

    Una gran multitud, de más de cinco mil personas, había vivido una experiencia única cuando Jesús los alimentó con cinco panes y dos pescados. ¡Cinco panes! ¿Cómo hizo Jesús para alimentar con cinco panes a tanta gente? Para entender la dimensión de este milagro, pensemos que con un solo pan, un pan pequeño que encontraron en la bolsa de un niño, Jesús alimentó a más de mil personas. Cinco panes, más de cinco mil personas. ¿Quién no iba a guardar esa imagen en la mente? ¡Eso nadie lo había visto nunca!

    Un tiempo después, esa multitud que había sido alimentada milagrosamente por Jesús se puso a buscarlo para encontrarse nuevamente con él. Apenas había pasado una noche, cuando muchos de la multitud encontraron a Jesús. ¿Para qué lo buscaron? Jesús nos da la respuesta cuando les dice: «Ustedes no me buscan por haber visto Señales, sino porque comieron el pan y quedaron satisfechos» (Juan 6:26). La multitud pensaba con su estómago, pero Jesús traía algo mucho más importante que el pan material. Jesús les dice: «Yo soy el pan de vida. El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás».

    Aquí Jesús les recuerda a sus visitantes lo que se registra en la historia acerca del pueblo de Israel. Cuando Dios sacó a los israelitas milagrosamente de Egipto y los llevó hacia la Tierra Prometida a través del desierto, los alimentó con el maná que caía del cielo (v 32). Dios mismo había amasado ese pan y lo hacía caer desde el cielo para que su pueblo pudiera comer. Ahora, Jesús nos transporta a otro tipo de alimento, a un pan que no se endurece y que ningún ser humano puede amasar, a un pan eterno que también vino del cielo, en la persona de Jesús, para alimentar nuestra alma. Porque eso es lo que hace el pan espiritual: alimenta nuestra alma.

    El problema es que nos hemos vuelto tan materialistas, que nos olvidamos de que tenemos un alma, o para decirlo en una forma más contundente, olvidamos que somos un alma que tiene cuerpo. Oímos decir a menudo que somos alma, mente y cuerpo, y quizás este es un buen resumen que describe nuestra humanidad. Pero en verdad, sin alma no tendríamos cuerpo. Los animales y las plantas no tienen alma; en la creación, Dios no respiró sobre ellos y les dio aliento de vida. Dios respiró su aliento de vida sobre Adán, y así el hombre fue un ser viviente. En la historia de hoy vemos que Jesús vino desde el cielo para alimentar el alma, lo primario del hombre, lo sagrado de Dios en nuestro ser. Jesús es definitivamente nuestro alimento espiritual. Los israelitas en el desierto no debían llenarse solamente el estómago, sino que debían creerle a Dios. El maná era también un fuerte alimento espiritual que les mantenía viva la esperanza.

    Cuando Jesús nos dice «El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás», nos está diciendo que venir a él es creerle. Venir a Jesús es creer en quién él es y en lo que él hace. El descendió del cielo, no salió de un horno, no fue amasado por manos humanas, sino que es el Hijo enviado por el Padre celestial para alimentar a sus hijos en la tierra. Jesús vino al mundo porque su Padre lo envió. Desde su nacimiento en Belén, Jesús se puso bajo la voluntad de su Padre celestial y obedeció su voluntad al pie de la letra. Esa voluntad de Dios no fue fácil. Ningún ser humano, por más buena voluntad y buenas intenciones que tenga, puede hacer lo que hizo Jesús. Él, como santo Dios encarnado, se sometió a la voluntad del Padre para lograr nuestra salvación. Cargó con nuestros pecados y se dejó llevar a la cruz para presentarse como el Cordero santo y sin mancha, para pagar por nuestras faltas. Jesús es el pan más caro del mundo, y hoy se nos ofrece gratuitamente para que alimentemos la esperanza de la vida eterna.

    Observemos la colosal promesa de Jesús: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre». ¿Cómo comemos ese pan? Con la fe. Comer es creer que Cristo, quien por su muerte en la cruz logró el perdón de nuestros pecados, nos transportará al cielo después que pasemos por la muerte. Con Jesús como el pan de vida, nunca más tendremos hambre. El pan de vida borra nuestras culpas, calma nuestras ansiedades, diluye nuestros miedos y restaura nuestras debilidades para que encaremos esta vida temporal con la esperanza firme de la vida eterna.

    Cristo, el pan que bajó del cielo, vino a alimentar a los que el Padre celestial ha elegido y llamado. En estas palabras de Jesús que estudiamos hoy vemos el infinito amor del Padre en el cielo que no se olvida de sus criaturas. A veces, cuando vemos el abandono de muchas personas a merced del hambre, de la guerra y de las pestilencias, pensamos que esta pobre gente son los «olvidados de Dios». He escuchado esta expresión que salen de personas profundamente conmovidas por la miseria en la que se encuentran algunas de las criaturas que Dios mismo ha creado. Decir que «Dios se ha olvidados de ellos», es encontrarse con la tristeza enorme que causó el pecado en nuestro mundo y creer que ya no hay esperanza. Pero Jesús y el Padre piensan y obran distinto. Dios no se olvida de sus criaturas, y para demostrarlo envió a su propio Hijo para venir a alimentar nuestra fe para que tengamos esperanza de vida eterna, y para que tengamos la fuerza y la buena voluntad de ir hacia aquellos que algunos consideran que son los olvidados de Dios, y traerles a Cristo y sus bendiciones. Por medio de nosotros, la iglesia, Dios trae pan para todos.

    Jesús se tomó muy en serio su papel de cuidar a los que su Padre le dio, a sus hermanos. Jesús nos recuerda sus palabras: «Ésta es la voluntad del que me envió: Que de todo lo que él me dio, yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final.» Un poco más adelante en el mismo evangelio de Juan, encontramos dos afirmaciones de Jesús. En el capítulo 17, versículo 12, cuando Jesús ora a su Padre, dice: «Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los cuidaba en tu nombre; a los que me diste, yo los cuidé, y ninguno de ellos se perdió». Momentos después, cuando la turba viene a arrestarlo y preguntan por Jesús nazareno él respondió: «Ya les he dicho que yo soy. Si es a mí a quien buscan, dejen que éstos se vayan. Esto, [agrega el evangelista Juan, sucedió] para que se cumpliera lo que había dicho: ‘De los que me diste, no perdí a ninguno'» (Juan 18:9).

    Estimado oyente, piensa con qué seriedad Jesús se tomó tu salvación. Jesús se sintió responsable por ti ante el Padre celestial y confrontó al pecado y a la muerte entregándose en lugar tuyo y mío. ¿Cuántas veces has escuchado que alguien se desvió del camino, o se quedó de camino? ¡Qué tristeza da aquel que no llegó a destino, a la meta, al lugar que esperaba llegar! Con Jesús nadie se queda de camino, porque él mismo es el camino. Cuando nos llama a venir a él, lo hace con la promesa de que no nos echará fuera. Al contrario, nos recibe gustoso con los brazos abiertos y nos acompaña incluso a través de la muerte, para tomarnos de la mano nuevamente cuando nos resucite y nos lleve a la casa de su Padre eterno. Imagínate llegar al cielo y encontrarte con el aroma a pan recién horneado, aroma a paz, a salud, a reencuentro con seres amados, a comunión perfecta.

    Mientras tanto, una de las formas en que el Señor cuida a los suyos para que ninguno se pierda es con la comida eucarística. Jesús dice: «Si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual daré por la vida del mundo». El evangelista Juan nos anuncia que el cuerpo y la sangre de Cristo que recibimos en la Santa Cena es el pan que baja del cielo para alimentarnos en la fe, para sostenernos en el camino y para reafirmarnos en su amor eterno por nosotros. ¡Come siempre de ese pan que se ofrece tan generosamente a los cristianos en todo el mundo!

    Estimado oyente, si el tema de hoy ha despertado tu interés en aprender más sobre el Señor Jesús y su amor por ti, a continuación te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.