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PARA EL CAMINO
Comenzamos esta reflexión bajo la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
A veces la vida nos presenta situaciones difíciles y nos toca a nosotros pasar la noticia de algo que hará un impacto en la vida de quienes nos escuchan. No sé si a ti, estimado oyente, alguna vez te ha sucedido, pero a mí me pasa, y bastante a menudo. Y con los años he aprendido cuánto efecto tienen las palabras que decimos, especialmente las que decimos sin haberlas procesado primero con la razón y el corazón.
Me acuerdo, particularmente, cuando hace poco más de treinta años estaba en camino a visitar a mis padres, llevándoles una noticia para la cual no tenía las palabras adecuadas en ese momento. Mientras manejaba esos quinientos kilómetros que nos separaban, ensayé una y otra vez cómo iba a decirles que mi esposa y yo, junto con nuestros tres hijos, nos íbamos a ir del país para siempre, y que el nuevo país estaba a más de diez mil kilómetros de distancia. Al final no resultó ser tan difícil: mis padres sabían que Dios llama a sus pastores a donde Él quiere y, sobre todo, que Dios iba a cuidar de nosotros.
En el texto que estudiamos hoy tenemos a Jesús casi listo para partir y dejar a su familia terrenal para siempre. Jesús se iría a una distancia inmedible. ¿Cuánto queda de acá al cielo eterno? ¿Cuántas horas, días, años luz necesitamos para llegar allá? Jesús se iba a un lugar misterioso que él conocía muy bien, pero que sus discípulos, su familia en la tierra, no conocía, aunque habían sentido hablar del cielo.
Me gusta mucho este último discurso de Jesús a sus discípulos más allegados. El tiempo apremia, hay que elegir bien las palabras para que no se asusten demasiado, para que no se pongan a llorar, para que no se sientan desamparados o huérfanos o desesperanzados. Y Jesús elije el momento adecuado. Terminado su discurso de despedida, su gran anuncio de que se va al Padre, Jesús se va a orar y horas más tarde ya estará en la sala de juicio y sus discípulos estarán dispersos en alguna parte. Los acontecimientos sucedieron tan rápidamente, que no les dio tiempo a los discípulos a digerir los anuncios finales de Jesús. Ya tendrían el tiempo necesario para eso, especialmente después que recibieran el poder de lo alto que les recordaría todas las cosas que Jesús les había enseñado.
Jesús elige las palabras con sumo cuidado. Tres veces les anuncia que les enviará al paracleto, al Consolador, usando esas palabras para definir al Espíritu Santo. Les habló en términos funcionales. Dios mismo, Padre e Hijo, enviarán a Dios Espíritu Santo que tendrá la función de consolar a los que se quedarían de este lado del cielo. Este anuncio es una promesa extraordinaria. Es una promesa que contiene a Cristo mismo, porque ese «Espíritu de verdad» es el Espíritu de Cristo. Recordamos que Cristo es «el camino, la verdad y la vida». Las personas en esa época y lugar histórico sabían muy bien de espíritus, especialmente de espíritus malignos, de demonios. Había tanta abundancia de espíritus como confusión entre las personas. Pero Jesús proclama que hay un solo espíritu verdadero: el espíritu que dará testimonio de él.
Así resume Jesús la obra del Espíritu Santo en el pueblo de Dios. Para decirlo en forma simple, el Espíritu Santo es el que nos trae nuevamente a Cristo, aunque él se haya ido al cielo en forma visible. El Espíritu Santo nos confirma con fuerza en la fe, en el conocimiento de que Cristo es nuestro Salvador y Señor. Es notable que se deja aquí tan en claro la procedencia del Espíritu. Él será enviado por Jesús de parte del Padre. El que viene a nosotros en el Consolador es Dios mismo. Pero más notable es que Jesús habla de la función del Espíritu Santo: Él hará de los discípulos testigos de Jesús. Dios es ciertamente un ser funcional. Más que buscar saber cómo es Dios y querer averiguar sobre su esencia y configuración, Jesús nos apunta a lo funcional de Dios. Parafraseando al reformador Lutero sería algo así como: «¿Quieres saber cómo es Dios? Mira lo que hace por ti.»
En este pasaje no solamente vemos lo que Dios hace por nosotros, sino también lo que espera de nosotros. Jesús dijo: «Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio». El envío misional aparece aquí con mucha claridad. Los que estamos con Jesús por la fe, recibimos el Espíritu de verdad para dar testimonio. Esta gran promesa y servicio que Jesús anuncia viene cargada de advertencias. «Les he dicho estas cosas para que no tengan tropiezo». Tropezar aquí significa escándalo, y escándalo es perder la fe, caer de la gracia, negar al Señor, salirse del camino. ¿Quieres saber cómo es Dios? Mira lo que hace por ti, mira sus advertencias.
Los males que Jesús advierte que vendrán sobre los discípulos vinieron sobre ellos. Fueron expulsados de las sinagogas, en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y Galilea y aún de las sinagogas del Asia Menor. Tal vez pensemos, bueno, pero eso no es para tanto. En realidad es para tanto y para mucho más. Ser expulsado de la sinagoga no significa ser expelido de un edificio o impedirle la entrada a las personas a las reuniones judías. Ser expulsado de la sinagoga significaba ser proscripto socialmente, tal vez perder el trabajo y seguramente a los amigos y a muchos de la familia. En términos modernos diríamos: un expulsado no podría nunca sacar un préstamo porque su credibilidad se ha perdido totalmente. Fuera de Palestina la situación era mucho peor, porque los judíos que vivían bajo el Impero Romano podían adorar al Dios de sus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, pero los otros súbditos de los romanos tenían que adorar a los dioses romanos. Si se negaban, perdían la vida. De esta manera, los judíos convertidos a la fe cristiana que vivían en el Imperio Romano eran expulsados por los judíos de las sinagogas y eran condenados a muerte por los romanos.
Los males de los cuales Jesús advierte a sus seguidores también vinieron sobre la primera iglesia cristiana de manera implacable. El que testificaba de que Jesús era el Cristo, el Salvador y Señor de la humanidad, era apedreado sin previo juicio. En el capítulo 7 de Hechos tenemos el caso de Esteban, un diácono lleno del Espíritu de verdad, lleno del Consolador, que testificó de manera brillante a partir de las historias del Antiguo Testamento sobre cómo Dios había traído en Jesús al Mesías salvador. Sin embargo, pocos minutos después fue muerto a pedradas. Este fue el comienzo de la persecución que Jesús anunció pocas horas antes de su muerte. Fue también el comienzo, dentro de la iglesia, del significado más profundo de la palabra testigo. En el idioma original del Nuevo Testamento, la palabra testigo significa mártir. Cualquiera que testificaba que Jesús era el Mesías salvador de la humanidad por su muerte y resurrección, era un mártir. Y como a los testigos o mártires los ejecutaban sin miramientos, el término adquirió el significado de «persona que padece muerte en defensa de su religión».
Volvamos a los discípulos. Están tristes porque Jesús anuncia su partida. Están perplejos de que las promesas de Jesús vengan tan cargadas de anuncios de sufrimiento. Ellos lo habían dejado todo: trabajo, familia, quizás esposa; vivían de la caridad y ahora, en vez de reinar con el Señor sobre todo el mundo, iban a ser ajusticiados ni más ni menos que por sus propios líderes religiosos. El apóstol Pablo es un gran ejemplo de esto. Antes de su conversión al verdadero Camino, Pablo perseguía con profundo celo religioso a todos los que confesaban a Jesús como el Salvador. Los hacía expulsar de las sinagogas y los llevaba maniatados presos para ser juzgados por los tribunales religiosos. De hecho, Pablo presenció y aprobó el martirio de Esteban.
La pregunta que surge aquí es: ‘Lo dejamos todo ¿y encima tenemos que ser perseguidos y muertos?’ Pero Jesús no los llamó para que fuesen perseguidos, sino para que fuesen sus testigos, y ser testigos conlleva un precio. Si los discípulos de Jesús, o cualquiera de nosotros preguntamos: ¿Por qué pasan estas cosas? ¿Por qué los líderes religiosos no pueden entender, aceptar o al menos considerar la muerte expiatoria de Jesús y su resurrección? La respuesta la da Jesús en forma muy simple: «Esto lo harán porque no conocen al Padre ni a mí». ¡Qué tristeza! Adoraban y servían al Dios de Abrahán, Isaac, y Jacob, pero en verdad no lo conocían. Sabían más de ceremonias y de escrúpulos que de la compasión de Dios. Jesús mismo los llamó en una oportunidad «hijos del diablo». Al no conocer al Padre de toda bondad, no conocieron tampoco a su Hijo eterno hecho carne en Jesús.
No hace falta otra explicación de por qué somos perseguidos o incomprendidos, o por qué sufrimos oposición en nuestro tiempo en algunos ambientes en los que nos movemos. Aquí se aplica lo que Jesús dijo una vez: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mateo 12:30). No hay un término medio. El que desparrama y el que está en contra lo hace porque no conoce a Dios. En ese sentido, no hace falta que consideremos toda ofensa de la que somos objeto como algo personal. Es simplemente que quien nos ofende, se opone y nos resiente por nuestra fe, no conoce a Dios.
Estas palabras de Jesús son también para nosotros. A esos que nos resisten y persiguen y oponen, estamos llamados a testificar de Cristo. Aunque el Consolador viene a todos los cristianos para darles ánimo en la fe y mantenerlos en el camino verdadero, la principal tarea del Espíritu de verdad es afirmarnos para que testifiquemos de Cristo a quienes no lo conocen. ¿Te imaginas cómo viven las personas que no conocen la compasión de Dios, que piensan que deben llevar su culpa a la tumba, que tiemblan ante la perspectiva de la muerte porque no saben nada del cielo glorioso que Dios tiene para sus hijos en la eternidad? Ellos están así porque no conocen al Padre ni a Cristo. No hace falta que se opongan a nosotros; quizás sean nuestros amigos, pero no conocen a Dios, al Dios que se nos reveló por medio del Espíritu Santo. A ellos les testificamos.
Jesús termina esta porción de su anuncio diciendo. «Les he dicho estas cosas para que, cuando llegue ese momento, se acuerden de que ya se lo había dicho». En otras palabras, Jesús nos dijo estas cosas para que no nos sorprenda la oposición que este mundo caído nos presenta. Quiero animarte, estimado oyente a que tengas presente estas advertencias para que no te sorprendas de la burla y el rechazo de los incrédulos, sino que los sorprendas tú a ellos con tu testimonio. El Espíritu de verdad refuerza tu fe y te dará las palabras y te guiará en tus actitudes para que tu testimonio sea efectivo y haga aquello que el Espíritu quiere hacer por medio de ti.
Y si tienes interés en aprender más sobre el Señor Jesús y el Consolador que él envía a su iglesia, a continuación te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.