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PARA EL CAMINO
Comenzamos esta reflexión bajo la bendición de Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Amén.
«¡Justicia, queremos que se haga justicia!» Esta frase se puede leer en los periódicos de todo el mundo todos los días. «Ni perdón ni olvido: ¡Justicia!» También veo esta frase permanentemente en los medios sociales y en la televisión. Se ha cometido un crimen, algo injusto ha ocurrido, y los damnificados claman por justicia porque no se aguantan que lo injusto quede sin castigo. Naturalmente queremos que se haga justicia… a nuestra manera, justicia retributiva que absuelve al inocente y castiga al culpable. Ciertamente, en el mundo civil tenemos que obrar de esta manera, porque ese es el mandato de Dios a las autoridades terrenales. Al final de los tiempos, y cuando solo exista la eternidad después de que Cristo vuelva, Dios dictará sentencia a todos los que desobedecieron su ley y rechazaron su misericordioso ofrecimiento del perdón de los pecados.
«Justicia, quiero justicia», clama Dios. Y su reclamo es válido porque sus criaturas somos injustas desde nuestro nacimiento. Nacemos enemigos de Dios porque traemos con nosotros un pecado heredado, y la sentencia nos condena a estar eternamente separados del santo Dios. Pero el Dios de justicia es también un Dios amoroso que envió a su propio Hijo para pagar por nuestras injusticias y absolvernos de nuestros pecados. Por medio de Cristo, Dios practica otro aspecto de su justicia: nos perdona y nos da su paz. Esa justicia de Dios no espera retribución ni nos castiga según nuestras faltas, sino que nos perdona y reconcilia.
¿Qué estarían pensando los discípulos la noche de la resurrección de Jesús? Tal vez estaban preparándose para salir a las calles de Jerusalén en una gran manifestación para pedir justicia por lo que le habían hecho a Jesús de Nazaret. Aunque creo que eso es altamente improbable. Los seguidores de Jesús estaban encerrados bajo llave con un miedo tremendo de que quienes llevaron a Jesús a la cruz vinieran ahora por ellos. El miedo ni se acuerda de la justicia ni piensa en el perdón. El miedo erradica la paz y reflota las culpas. Ahí estaban, encerrados y con miedo, cuando de repente, sin que se sepa cómo, se les aparece Jesús resucitado. Jesús hace su entrada triunfal en un cuarto cerrado y se presenta a un grupo de personas agobiadas, tristes, temerosas y también bastante confundidas. Porque si bien habían escuchado que Jesús estaba vivo, e incluso algunos lo habían visto, todavía no se creían a sí mismos. Todavía no era real ni tenía sentido para ellos que su maestro Jesús anduviera caminando por ahí como si nada.
Y como si nada también, Jesús se pone en medio de ellos, los tranquiliza, los saluda como siempre, dándoles su paz. Y ahora viene el momento de la evidencia, y Jesús le muestra sus manos y su costado. ¿Quién iba a pensar que Jesús usaría sus heridas como evidencia de su sufrimiento y muerte? Las heridas de Jesús quitaban toda duda de que quien estaba frente a los discípulos era aquél que había sido crucificado el viernes anterior. Hoy, las heridas de Jesús siguen dando testimonio de que él fue entregado por los pecados de los hombres. Así Dios hizo justicia. Castigó al inocente para dejarnos a nosotros libres de culpa. Las heridas de Jesús nos dejaron en libertad. Por la muerte y resurrección de Jesús, Dios nos declara inocentes y nos recibe en su gloria eterna.
Tal vez, estimado oyente, tengas miedo a que alguien te lastime, te abandone o te reproche cosas que has hecho en el pasado. Tal vez alguna culpa no te deja dormir en paz. Tal vez prefieres no hablar de esas cosas y te encierras en ti mismo para que nadie entre a la intimidad de tu vida, para que nadie se entere, para que nadie te eche algo en cara. Si estás en esa situación, no estás solo, no eres el único. Todas las personas en el mundo pasamos por situaciones semejantes y todos tenemos profundas heridas emocionales y espirituales. Eso es lo que el pecado hace en nosotros: nos hiere, y nos hiere a muerte. Y entonces, nos encerramos, y preferimos no hablar, y ni siquiera sabemos dónde buscar ayuda y a quién creerle.
El Cristo resucitado está a la puerta y quiere hacer su entrada triunfal en nuestra vida, darnos paz, mostrarnos que las heridas en sus manos y en su costado fueron el precio que él pagó para que la justicia de Dios nos absuelva. Las heridas de Jesús nos muestran su historia y son testimonio elocuente y supremo de que estamos perdonados.
Jesús viene en son de paz todavía hoy. Viene a decirnos que no somos más sus enemigos. Jesús no nos reprocha ni busca venganza, él no se asusta por nuestro pecado, él lo ha visto todo, y extiende su mano para transmitirnos su paz. En Romanos capítulo 5(:1) él apóstol San Pablo confirma este veredicto: «Justificados por la fe, tenemos paz con Dios.»
¿Y ahora qué hacemos? ¿Nos levantamos de la silla y nos damos la mano felicitándonos unos a otros por estar libres de la condena por nuestros pecados? ¡Por supuesto! Podemos estar absolutamente felices porque somos libres del pecado, la muerte y el infierno gracias a la obra de Jesús. Y para que nuestra felicidad y la paz que recibimos de Dios contagie a otros, Jesús nos dice: «Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes» (v 21). Jesús hizo todo lo que hizo porque había sido enviado por su Padre Dios. No puso reparos ni buscó caminos alternativos para mostrarnos el amor de Dios. Jesús dejó su «comodidad» celestial y se rebajó a ser un ser humano como cualquiera de nosotros, aunque sin pecado. Jesús vino y nos trató con respeto, con cariño. No nos gritó su verdad ni nos amenazó por nuestra desobediencia. Nos trató como sus hermanos.
Jesús no usó de sus eternos y celestiales privilegios para ponerse por encima de todos como un rey autoritario, sino que en humildad habló en nuestro idioma y nos mostró sus heridas para convencernos de su amor. Jesús fue enviado para rescatarnos a nosotros, pecadores que no merecemos misericordia. Jesús nos mostró la gracia de Dios.
Ahora que sabemos cómo fue enviado Jesús, entendemos lo que Dios espera de nosotros cuando nos envía a mostrar su gracia a los demás. ¡Pero nosotros no somos Jesús! Ni siquiera le llegamos a las rodillas en términos de calidad humana. Por supuesto, nosotros no somos Dios, pero somos hijos de Dios enviados en misión de paz. Si miro atentamente y con honestidad lo que pasa a mi alrededor, veo que hay muchas personas que luchan consigo mismas, con sus conflictos, sus recuerdos, sus culpas. Veo personas que tienen cicatrices en el alma, encerradas en sí mismas, temerosas de que alguien las confronte con su propia realidad. Tal vez, si miras a tu alrededor, estimado amigo, puedas ver también lo que yo veo. Tal vez tú mismo tengas temores y te niegues a salir de tu encierro. Si es así, quiero que sepas que la paz de Jesús cambia nuestra situación, que el envío a mostrar la gracia de Dios no es solo una loca idea nuestra, sino que es la gran comisión que Jesús tiene para cada miembro de su iglesia.
Recordemos que el Espíritu Santo que Jesús sopló sobre sus discípulos no perdió su poder y todavía está entre nosotros hoy. Nada podríamos hacer sin el poder y la guía del Espíritu Santo. Observa qué clase de Espíritu es este que Jesús derrama sobre nosotros. El Espíritu Santo estuvo activo en la creación del mundo y fue respirado en la nariz del primer hombre para darle vida. Dios no crea sin su Espíritu. El Espíritu Santo fue quien sembró a Jesús en el vientre de María, ungió a Jesús durante su bautismo y lo llevó al desierto para ser tentado. San Lucas dice que «con el poder del Espíritu Santo», Jesús fue a Galilea para comenzar su ministerio. Ese mismo Espíritu Santo estuvo activo en la resurrección de Jesús y siguió activo en la nueva creación de Dios, su iglesia.
El Espíritu Santo que Jesús compartió con sus discípulos en un cuarto cerrado con llave es el mismo Espíritu que se manifestó con poder unos cincuenta días después durante la fiesta de Pentecostés. Ese Espíritu impulsó a la iglesia a que, abiertamente y sin miedo, anunciara el arrepentimiento y el perdón de los pecados en todas partes y a cualquier tipo de personas.
El Espíritu de Dios sigue activo hoy reafirmándonos en la fe cada vez que escuchamos lo que Jesús resucitado hizo por nosotros y cada vez que comemos su cuerpo y bebemos su sangre en la Santa Comunión. Jesús resucitado sigue viniendo a nosotros hoy, en este mismo momento, a bendecirnos con su paz, a llenarnos con su Espíritu Santo y a enviarnos con poder y resolución a llevar a otros el perdón de los pecados.
En nuestra sociedad vemos muchas injusticias que, tal vez, vivimos en carne propia. Con razón reclamamos a que se haga justicia en todos los niveles de nuestra sociedad para que podamos llevar una vida ordenada en esta tierra. Pero, lamentablemente sabemos cuántas veces esa justicia que esperamos no llega a tiempo, o se distrae en cosas superficiales o se desvanece en un laberinto burocrático y costoso y no lleva a una restitución feliz.
Los que estamos en la nueva creación, en la nueva sociedad creada por el sacrificio de Jesús, somos enviados a traer justicia a nuestro alrededor, la justicia que no juzga al pecador arrepentido, sino que lo absuelve basado en la misericordia de Dios. La promesa de Jesús es contundente: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se lo perdonen, no les serán perdonados» (v 23).
Estimado oyente, si de alguna manera podemos ayudarte a reafirmar tu fe en el Cristo resucitado y el perdón de tus pecados, a continuación te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.