PARA EL CAMINO

  • Obediencia

  • abril 26, 2009
  • Rev. Dr. Hector Hoppe
  • © 2025 Cristo Para Todas Las Naciones
  • TEXTO: Hebreos 5:7-10
    Hebreos 5, Sermons: 1

  • Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen, y Dios lo nombró sumo sacerdote.

  • ¿Se imagina usted una clase de 25 alumnos de tercer grado, que no siga las reglas escolares? Si la maestra por ejemplo les dijera: «Abran sus cuadernos de matemáticas que vamos a hacer algunos ejercicios de sumas y restas.» Pero entonces algunos niños, en vez de obedecer, abren sus libros para colorear y se ponen a pintar dibujos, otros se van de recreo, y otros leen una historia de su libro favorito. Si los niños no siguieran las reglas, la clase sería un caos total. La escuela necesita reglas, y tanto los maestros como los alumnos, necesitan obedecerlas.

    ¿Se imagina usted un ejército donde no se obedecieran las reglas? Si el capitán le dice a un grupo de soldados: «Vayan a defender la zona norte de la ciudad», pero en cambio algunos soldados se van a jugar al fútbol, otros se van a visitar a sus novias, y otros se van a descansar, la defensa de la ciudad sería un caos, y el enemigo no tendría ningún inconveniente en tomarla cautiva. Un ejército necesita reglas, y sus miembros necesitan obedecerlas.

    ¿Se imagina qué pasaría si los pilotos de los aviones comerciales que aterrizan y levantan vuelo en nuestros aeropuertos, no obedecieran las indicaciones que se les dan desde la torre de control? Algunos de nuestros aeropuertos más grandes tienen un movimiento de más de dos mil vuelos diarios. ¡Se imagina el caos que sería! ¡Cuántos accidentes! Sin reglas, y sin obediencia a las reglas, un aeropuerto no podría ser operado en forma segura.
    Cualquier familia, cualquier institución, cualquier sociedad necesita funcionar sobre la base de la obediencia y al respeto mutuo. Eso lo sabemos, lo tenemos incorporado en nuestra mente. Sin embargo, no es común hoy en día encontrar actitudes de obediencia entre nosotros. Cuando subimos a cualquier autopista, en un horario cuando no hay mucho tráfico, nos damos cuenta que no hay una relación directa entre el cartel que anuncia la velocidad máxima y la velocidad a la que van los vehículos. Aun cuando el cartel dice: «Velocidad máxima 65 millas por hora», y hay quienes se ajustan a esa velocidad, hay otros que sobrepasan por mucho la máxima estipulada. Es como si el cartel fuera una sugerencia de la velocidad que debiéramos llevar, y no una ley. Si la policía detiene a un vehículo que va a más velocidad de la permitida, con toda claridad el conductor quedará informado que el cartel no era una sugerencia, sino una ley, y que, si uno no quiere tener problemas con la policía de tránsito, debe respetar esa ley.

    Hace unas pocas semanas, leyendo un libro de teología de la edad media, me encontré con una frase que me pareció muy pertinente para nuestros tiempos. La frase dice: «La gente odia la ley que las protege». ¿Por qué nos resulta tan difícil cumplir las leyes que han sido hechas con el único propósito de protegernos? No he hecho una investigación exhaustiva de este tema, pero estoy casi seguro que en la Biblia hay más historias que cuentan sobre la desobediencia de las personas, que sobre sus actos de obediencia. Ésta podría ser una de las razones por las que había tantos fariseos en Israel en la época de Jesús. Se calcula que por cada seis habitantes en Jerusalén, uno era fariseo. Los fariseos eran los conocedores de la ley y se encargaban de enseñarla a la gente; pero, sobre todo, se encargaban de hacerla cumplir. De ese modo, ejercían una función como de policía, y muchas veces andaban a la pesca para ver quién desobedecía la ley de Dios.

    Volviendo a nuestros tiempos, quiero contarles acerca de la forma en que en la casa de mis padres se ejercía la dolorosa tarea de hacer respetar la ley. Mis padres tenían una ramita de árbol, flexible, siempre a mano. La varita en cuestión estaba sobre del gabinete de la cocina. Aunque estaba arriba del mueble, bien alto, siempre quedaba una pequeña porción, unos diez centímetros, al descubierto, para que cada vez que entráramos a la cocina, pudiéramos verla. Allí estaba, a simple vista, el instrumento que nos recordaba lo doloroso que era la consecuencia de la desobediencia.

    Hasta donde yo puedo recordar, mi padre nunca usó esa vara como instrumento de castigo por la desobediencia mía o de mis hermanos. Mi padre no la usó, porque esa era tarea de mi madre, que se encargó de recordarnos periódicamente, con esa varita, que la ley que Dios había puesto en el mundo no era una sugerencia, sino que debía ser obedecida..
    Podría contarles unas cuántas anécdotas de cómo mi madre usaba ese instrumento con cualquiera de sus cuatro hijos, pero esto no viene al caso. Sólo pretendo usar esta analogía para señalar un aspecto de nuestra vida. Todo está centrado en el hecho de que no nacemos con el deseo y el poder de cumplir con la ley, ni siquiera con la más simple de las reglas. En la medida en que crecemos, se nos enseña a obedecer, a nuestros padres, a nuestros maestros, a toda autoridad establecida. Y aprendemos a obedecer, pero también a desobedecer. Encontramos formas de hacer trampas, de mentir, de ocultar la verdad, de decir verdades sólo a medias, en prácticamente todos los aspectos de la vida. Aquí podría darle yo algún tiempo, estimado oyente, para que piense en sus épocas de niño o de adolescente, para rememorar algunas situaciones de desobediencia, pero corro el peligro de que usted recuerde demasiados incidentes y pierda el hilo de este mensaje.

    Pasado cierto tiempo, pasamos nosotros a ser padres, y pretendimos criar a nuestros hijos con toda reverencia hacia la ley y hacia las autoridades, y buscamos formas de disciplinarlos para que aprendieran a obedecer. Si no lo hacían, les prohibíamos mirar televisión, o salir a jugar con sus amigos, o no podían usar videojuegos por algunas horas o por algunos días, los dejábamos sin postre, o los enviábamos a su cuarto para que permanecieran solos por algunos momentos y reflexionaran en lo que habían hecho.

    Nuestros padres y superiores buscaron la manera de mantenernos en línea. Nosotros buscamos la manera de que nuestros hijos aprendan a obedecer, y nos damos cuenta que no es fácil enseñarles a ser obedientes. A veces tenemos que aplicar disciplinas muy duras que nos duelen más a nosotros mismos que a nuestros hijos que están siendo disciplinados. Si cuando éramos niños pensamos que nuestros padres disfrutaban cuando nos daban un chancletazo, hoy nos damos cuenta que de ninguna manera es un deleite disciplinar con dureza a los hijos a quienes tanto amamos.

    El texto bíblico de la carta a los Hebreos, sobre el cual basamos nuestra meditación hoy, nos ayuda a reflexionar sobre cómo el Hijo de Dios aprendió a ser obediente. Les recuerdo el versículo 8: «Aunque era Hijo [Jesús], mediante el sufrimiento aprendió a obedecer
    Jesús nació con el deseo y el poder de ser obediente a su Padre celestial y a sus padres terrenales. El evangelista Lucas, el único que dice algo sobre la adolescencia de Jesús, nos recuerda que después que María y José lo encontraron en el templo cuando Jesús tenía 12 años: «Jesús bajó con sus padres a Nazaret y vivió sujeto a ellos» (Lucas 2:51). Jesús aprendió a ser obediente, y lo aprendió por el camino difícil, por medio del sufrimiento.

    Esta epístola a los Hebreos presenta a Jesús como el sumo sacerdote, como aquel que fue ofrecido como sacrificio, y como el que intercede por nosotros en el cielo. En otras palabras, el autor de esta carta a los hebreos nos consuela y nos anima a nosotros hoy con esta verdad: «Jesús está orando por sus hijos.» Eso es exactamente lo que un sumo sacerdote de los tiempos de la Biblia hacía: entraba al lugar santísimo para hacer oraciones de intercesión por todo el pueblo.

    ¿Y quién mejor que Jesús para orar por nosotros? Jesús incorporó desde temprano la oración como parte de su vida. Después que fuera bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, Jesús se dirigió al desierto, donde por cuarenta días se dedicó a la oración. Durante todo ese tiempo se abstuvo de comida y se concentró en el ministerio que estaba por comenzar.

    Los evangelistas registran que muchas veces Jesús se levantaba temprano, y cuando aún estaba oscuro se retiraba a lugares solitarios para orar. Debe haber habido algo muy poderoso y llamativo en la vida de oración de Jesús. Los discípulos deben haberlo visto transformado durante la oración, y seguramente pudieron ver los resultados de la oración cuando Jesús produjo tantos milagros. Tal vez la experiencia cumbre la registra Lucas cuando dice que «Jesús, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo, subió a una montaña a orar. Mientras oraba, su rostro se transformó, y su ropa se tornó blanca y radiante» (Lucas 9:28-29). Más adelante, el mismo Lucas dice que «Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: ‘Señor, enséñanos a orar’» (Lucas 11:1). ¡Qué hermosa escena! Los discípulos querían tener la misma conexión que Jesús tenía con su Padre. Sin duda alguna, había algo magnífico en todo esto; tan magnífico, que ellos también lo querían experimentar.

    Otra gran experiencia de Jesús orando la encontramos en el último de los evangelios, en el capítulo 17 de Juan. Posiblemente ésta sea la oración más larga registrada en la Biblia. ¡Todo un capítulo donde tenemos palabra por palabra, pensamiento por pensamiento, la oración de despedida de Jesús! Primero él ora por sí mismo, porque faltan muy pocas horas para que comience el desenlace final, y Jesús necesita de todo el apoyo del Padre celestial para enfrentar el juicio injusto, la muerte injusta, y el abandono de sus amigos y seguidores. Luego Jesús ora por sus discípulos, porque sabe que en las horas subsiguientes, ellos serán tentados, y tendrán miedo de ser perseguidos y matados. Luego, Jesús ora por todos los creyentes, por los que creyeron en él y por todos los que creerán en él después. Aquí me encuentro incluido yo, y todos los que reciben la salvación que Jesús les ofrece gratuitamente. Estimado oyente: Le recomiendo la lectura del capítulo 17 de Juan. Allí encontrará a un Dios sensible, que entiende nuestra situación y que nos consuela con su presencia y su intercesión. Aquí descubrimos cuánto sabía Jesús sobre la oración y el poder de Dios, y sobre nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestras angustias, y nuestras incertidumbres. Es porque Jesús nos conoce tan bien, y conoce tan bien la voluntad del Padre en los cielos, que él ora por usted y por mí. Aquí es donde Jesús se muestra como el sumo sacerdote, cuando intercede por nosotros, para que Dios Padre nos conceda su bendición.

    Después que Jesús terminó esta larga oración se dirigió al huerto de los olivos, donde nuevamente oró, pero esta vez con el rostro transfigurado por el dolor, dejando caer gotas de sudor y sangre sobre la tierra. Jesús se postró tres veces, en agonía, sufriendo, y «ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte» (Hebreos 5:7). No sé si alguna vez usted se lo imaginó así a Jesús. Parece que la imagen más fuerte que tenemos de él en nuestra mente es la del todopoderoso que siempre anda haciendo bien, curando enfermos, resucitando muertos, alimentando a miles, dando palabras de ánimo a todos. Pero aquí se lo ve por el piso, sufriendo, gritando por el dolor que el pecado mío y suyo le estaba infligiendo. Jesús, el todopoderoso, sufrió lo que nosotros no podemos ni imaginar ni comprender, para que nosotros no fuéramos castigados por nuestra desobediencia. Tenemos que recordar que toda desobediencia a la ley de Dios conlleva castigo. Aquí es donde vemos mejor que en ninguna otra parte cómo Jesús es un sumo sacerdote. Porque él no sólo intercede orando por nosotros, sino que él ocupa nuestro lugar a la hora del castigo.

    El Jardín del Getsemaní es testigo de la agonía del Salvador del mundo. El evangelista Mateo nos recuerda que Jesús les dijo a sus discípulos: «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir» (Mateo 26:38). Luego dijo algo así como: «Padre, me gustaría no tener que pasar por estos momentos, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú

    El autor de la carta a los hebreos reflexiona sobre estos momentos que Jesús está viviendo en el Jardín de Getsemaní, y dice: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer.» Jesús aprendió a obedecer por el camino duro y difícil. Luego, porque aprendió a obedecer mediante el sufrimiento, fue «consumada su perfección, y llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen.»

    Sí, estimado oyente, escuchó bien: «Jesús es el autor de salvación eterna para todos los que le obedecen.» ¿Recuerda que comenzamos este pasaje hablando de reglas, leyes, y obediencia? Aquí encontramos la conexión entre leyes, reglas, castigos, disciplina, sufrimiento, y obediencia. En varios lugares de la Biblia, el término obediencia es sinónimo de fe. Aquí es donde comprendemos que la fe no es algo filosófico o abstracto. La fe es obediencia a la gracia de Dios. Jesús, después de su resurrección, reunió a sus seguidores y les dio la siguiente comisión: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado» (Mateo 28:19-20). Aquí también encontramos la palabra obedecer.

    Creo que la palabra obedecer mejora el concepto de fe. La fe no es algo abstracto, un simple creer que Dios existe. La fe es obediencia a la invitación que Dios nos hace a aceptar la salvación que Jesús logró por nosotros.

    La resurrección del Señor, que las iglesias cristianas celebramos en los últimos días, es el sello con el que Dios «consumó la perfección de Jesús». En realidad, él nunca fue desobediente. Fue por nuestra desobediencia que Jesús aprendió a obedecer la voluntad de Dios a través del sufrimiento del Getsemaní y del Gólgota.

    Y usted, ¿ha aprendido a obedecer a Jesús? Yo estoy en el proceso de aprender, a veces por el camino del sufrimiento. Y a medida que aprendo, me alegro en la gracia de Dios que perdona todas las veces que no llego a ser lo que él espera de mí.

    Jesús fue obediente a causa de nuestra desobediencia. Jesús fue perfecto para cubrir nuestras imperfecciones. Sufrió para que ni usted ni yo tengamos que sufrir eternamente. Eso es lo que hace un sumo sacerdote. Ocupa el lugar de los desobedientes para que Dios no los castigue. Y Jesús no se detuvo aquí. Su obra sumo sacerdotal no terminó con su ascensión al cielo. Él todavía está orando e intercediendo por usted y por mí. ¡Qué Dios tremendo que tenemos! Reciba su invitación de gracia a seguirle. Será el mejor acto de obediencia que usted jamás haya hecho.

    Si de alguna forma podemos ayudarle en su búsqueda del Salvador, a continuación le diremos cómo comunicarse con nosotros.
    Amén.