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PARA EL CAMINO
TEXTO: Apocalipsis 7:16-17
Apocalipsis 7, Sermons: 3
Normalmente, cuando me siento a escribir un mensaje para este programa de Cristo Para Todas Las Naciones, no tengo idea hacia dónde el Espíritu Santo lo va a llevar, tanto al mensaje, como a quienes están escuchando. Al hablar desde un estudio de grabación, es poco lo que sé acerca de quién está del otro lado del micrófono. Imagino, pero sólo imagino, que la audiencia es sumamente variada: desde pastores y estudiantes de teología (que quizás están aprendiendo cómo predicar o escribir sermones), hasta inmigrantes que están detenidos en la cárcel. La tecnología me permite hablar de Jesús tanto a un soldado que se encuentra a miles de kilómetros de su hogar, como a quienes están trabajando a pesar de ser domingo, como a aquéllos que, por razones de salud o por su avanzada edad, ya no pueden asistir más a la iglesia. Cada semana tengo el privilegio de llevar a Cristo al camionero que anda por todo el país entregando mercancías, así como a los pescadores que pasan semanas en alta mar.
Predicar a través de este medio significa nunca ver a la audiencia y no saber quién está escuchando, quién se ha quedado dormido en medio del mensaje, o quién acaba de cambiar de estación de radio o salir de la página de internet. Es por ello que en Cristo Para Todas Las Naciones estamos convencidos que el Espíritu Santo, y sólo el Espíritu Santo, puede usar estos mensajes para lograr los propósitos de Dios. El Señor utiliza estos programas para llamar al arrepentimiento y la salvación a quienes escuchan el Evangelio por primera vez, y también a quienes lo escuchan por última vez. Por la gracia de Dios he podido decirles a personas desconocidas y sin rostro para mí: ‘Hola, quisiera presentarles a Jesús. Permítanme contarles acerca de su vida’.
Y cuando alguien me ha dicho: ‘Quisiera conocer a Jesús’, a través de este programa nos hemos asegurado que así fuera: que vieran al Hijo de Dios que nació como uno de nosotros y vivió una vida perfecta de obediencia a su Padre por nosotros. Que vieran al Jesús que sufrió todo tipo de castigos para que un día nosotros podamos ser declarados inocentes de toda culpa y pecado. Que vieran al Jesús que fue crucificado en las afueras de la ciudad de Jerusalén, donde murió la muerte que a nosotros nos correspondía morir. Todas estas cosas las hemos compartido a través de este programa, así como también hemos compartido que, tres días después de que su cuerpo sin vida fuera puesto en una tumba prestada, Jesús resucitó de entre los muertos. Un Señor vivo se apareció ante sus discípulos y les dijo: ‘Tóquenme, vean mis heridas. Soy yo. Estoy vivo. Y porque estoy vivo, ustedes también van a vivir’.
Pero el programa de hoy es un poco diferente, porque este mensaje está siendo escrito para una persona en especial. No tengo ninguna duda que el Señor va a usarlo para llegar a muchísimas personas más. Pero en mi mente tengo una sola persona. Se trata de un viejo amigo, alguien con quien nos conocemos desde hace 20 años. Por un tiempo él fue el vicepresidente de la congregación donde yo servía, y luego pasó a ser el presidente de la misma. Pero, más allá de esa relación en la iglesia, éramos buenos amigos. Cada miércoles, a las seis y media de la mañana, él, yo, y otro amigo, nos encontrábamos para desayunar juntos. Los desayunos que comíamos eran muy buenos, pero la conversación era mucho mejor.
El nombre de mi amigo es Carl Hanson, aunque todos siempre lo han llamado «Kelly». Kelly nació en Chaska, Minnesota, donde su padre era el Funcionario de Registros del Condado, cargo que Kelly pasó a ocupar cuando su padre falleció. Kelly es un hombre muy bueno y amable. Peleó en la guerra de Vietnam, está casado, tiene hijos, nietos, y el golf le apasiona. Tanto le gusta, que siempre ha dicho, medio en broma medio en serio, que cuando se jubile, se va a dedicar a cuidar un campo de golf. Ya sea que lo dijera en broma o en serio, esa posibilidad de cuidar un campo de golf ya no forma más parte de su futuro. A continuación, mientras hablo con él, van a enterarse por qué.
Hola, Kelly. Han pasado 24 horas desde que me llamó Margaret, tu esposa. Realmente no me acuerdo de todas las cosas que hablamos. Lo que sí recuerdo es que en algún momento, en medio de nuestra conversación, con un coraje y una fortaleza increíble me dijo: ES TERMINAL. Se me ocurre que debe haber otras palabras más solitarias, más frustrantes, y más desalentadoras. Imagino que debe haber otras palabras, pero no sé cuáles son. ES TERMINAL. Los médicos odian decir esas palabras, porque al decirlas están admitiendo que todos sus años de estudio, toda la experiencia, el conocimiento, la práctica y los grandes avances de la medicina que Dios ha dado a este mundo pecador, tiene límites, y que no pueden cambiar la situación que tienen entre manos.
ES TERMINAL. Así como esas palabras son frustrantes para los médicos, también son tremendamente dolorosas para todos los que te conocen y te quieren. Cuando escuchen decir ‘ES TERMINAL’, muchos de ellos se van a sentir tan impotentes como yo me sentí. Tus vecinos, tus amigos, tus compañeros de golf, familia, todos están sufriendo tu dolor. Han estado a tu lado desde que te enfermaste, se han alegrado con tus mejorías, y han llorado con tus recaídas. Cada uno de ellos, a su manera, ha imaginado el momento en que estarías sano. Y ahora les caen esas palabras: ‘ES TERMINAL’, que les roban los sueños y las esperanzas que abrigaban para el futuro.
ES TERMINAL. Seguramente debe haber muchas personas que se estarán preguntando qué otra cosa se podrá decir en tales circunstancias. Doy gracias que tú, mi amigo, no eres una de ellas. Con esto no quiero decir que esta noticia no te haya afectado y sacudido. Hasta es posible que te hayas enojado, frustrado, e incluso sentido un poco de miedo. Todo eso es normal. Pero cuando pase el impacto inicial, vas a recordar las palabras de tu Salvador Jesucristo, cuando dijo: «Porque yo vivo, también ustedes vivirán» (Juan 14:19). Sí, vas a recordarlas y, al igual que muchas otras personas antes que tú, vas a recibir la paz que sólo el Salvador resucitado puede dar.
ES TERMINAL. Kelly, tú y yo sabemos que cada persona que nace en este mundo, al final de su vida va a parar a una de dos terminales. No voy a invertir mucho tiempo hablando de una de esas dos terminales, porque tú eres cristiano y sabes a qué me refiero. Basta con que recuerdes que en un tiempo, por causa de tus pecados, tu vida iba rumbo a esa terminal. Es cierto que eres un hombre amable, pero aún así sigues siendo pecador. Esos pecados eran la razón por la cual tu terminal iba a ser el infierno y, por más que trataras, no podías hacer absolutamente nada para cambiar de destino.
No, no había nada que tú pudieras hacer… pero eso no quiere decir que no hubiera nada que el Hijo de Dios pudiera hacer. Hace mucho tiempo, cuando la desobediencia de la humanidad al Creador trajo el pecado al mundo, el Señor supo que este día iba a llegar. Él supo que te iba a llegar a ti, así como le llega a todas las personas. Dios se podría haber lavado las manos y haber dicho: ‘Este no es mi problema, arréglense como puedan’, pero no lo hizo. Motivado por su gracia y misericordia, e imposible para nosotros de comprenderlo, nuestro Padre celestial dijo que iba a enviar a su Hijo para ser nuestro sustituto, o sea, para ser castigado por nuestros pecados. El profeta Isaías lo expresó así: «Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados» (Isaías 53:4-5).
Yo sé que tú crees esto, mi amigo. Juntos hemos visto al Hijo de Dios nacido en Belén como un ser humano más. Pero ambos también sabemos que, aún siendo humano, Jesús también fue Dios y como tal vivió cada día de su vida sin caer en ninguna de las tentaciones que el diablo le puso en su camino para tratar de desviarlo del plan que Dios había diseñado para salvarnos. Domingo tras domingo, año tras año, tú escuchaste y creíste en este Salvador nacido en Belén. Creíste en todas y cada una de las cosas que dice la Biblia acerca de su amor, un amor que no tuvo miedo de tocar a un leproso ni de invitar a un publicano odiado por la sociedad a que se convirtiera en uno de sus discípulos. Tú creíste en su poder para calmar las tormentas, para resucitar a los muertos, para dar sanidad y perdón a los enfermos. La fe que el Espíritu Santo te ha dado te ha permitido reconocer a Jesús como tu Salvador, tu amigo, y tu constante compañero.
Tu fidelidad te enseñó a ver al Salvador que es capaz de darlo todo con tal de asegurarse que tu última terminal no sea el infierno. Tú viste al discípulo de Jesús que lo traicionó entregándolo a sus enemigos. También viste cuando éstos se burlaron de él y hasta le escupieron en la cara. Escuchaste sus calumnias y mentiras en el juicio injusto que lo condenó a la muerte, la muerte más injusta que el mundo jamás haya presenciado, y te maravillaste cuando viste que Jesús no utilizó sus poderes divinos para evitarla. Con corazón acongojado viste cómo fue clavado a la cruz para ganar tu perdón. Sí, Jesús fue colgado de una cruz, y con él fueron colgados todos tus pecados, los grandes y los pequeños, los públicos y los privados. Todos ellos estuvieron allí con Jesús… y cuando él murió, tus pecados, al igual que los pecados de todo el mundo, fueron borrados.
Es claro que nada de esto hubieras sabido si Jesús hubiera permanecido en su tumba. Un Jesús muerto debería haber permanecido muerto. Esto es lo que el mundo cree, y también lo que espera. El mundo cree que uno nace, vive, y muere. Eso es todo… para el mundo. Pero una tumba sellada y vigilada por un guardia no fue la terminal para el Hijo de Dios. Tú recuerdas bien cómo, tres días después de que lo hubieran puesto en una tumba prestada, Jesús resucitó. Luego de varias apariciones, los discípulos eventualmente creyeron que Cristo había conquistado la muerte y el infierno. Y luego, en Pentecostés, se demostró claramente que Jesús había vivido, sufrido y muerto para que tanto ellos, como todos los que creen en él como su Salvador, puedan ser salvos. Gracias a Jesús, nuestra terminal ya no es más el infierno; gracias a Jesús, los creyentes tenemos un nuevo destino, una nueva terminal: el cielo.
No es de asombrarse que los discípulos se hayan alegrado tanto cuando comprendieron lo maravilloso de la promesa de Jesús cuando dijo: «Porque yo vivo ustedes también vivirán». Vida eterna en el cielo en vez de condenación eterna es nuestra nueva terminal. Y allí es donde tú, mi amigo estás yendo. La única diferencia entre tú y yo es que a ti te han dado una fecha más cercana que a mí.
Vamos hacia una nueva terminal, Kelly. Aquí en la ciudad de Saint Louis, tenemos una antigua estación terminal de ferrocarril. Se llama Union Station. Como nunca la has visto, te la voy a describir. Fue construida en 1890, y cubre cuatro hectáreas y media. Es inmensamente grande, e increíblemente hermosa. Una ventana con vitrales de vidrio, frescos, arcos, baldosas de mosaico y detalles en oro demuestran que no se escatimó nada de dinero en su construcción. En 1980 fue reconstruida, y sólo el restaurarla costó $150 millones de dólares.
Muchas veces me he preguntado qué habrá pasado por la mente de los granjeros que venían del campo y de pueblos pequeños a finales del 1800 y comienzos del 1900, cuando entraron por primera vez a semejante edificio. Recuerda que en esa época todavía no existía la luz eléctrica ni las revistas a color, ni el cine ni la televisión. ¿Qué crees que habrán pensando al entrar a una terminal tan lujosa? No puedo menos que creer que se deben haber quedado parados con la boca abierta por unos minutos, incapaces de asimilar todo lo que estaban viendo y de disfrutar todas las maravillas del lugar. No sé lo que habrán pensado, pero sí sé que muchos de ellos les escribieron cartas a sus familias contándoles acerca de la increíble belleza de la terminal. Como es de esperar, quienes nunca habían estado en Union Station pensaron que no podría ser para tanto, y algunos hasta creyeron que era todo mentira.
En mi mano tengo la carta de alguien llamado Juan, que ha estado en la terminal que va a ser nuestro destino final. Es que Dios, con su divina comprensión, sabía que las personas como tú y yo íbamos a tener curiosidad por saber cómo va a ser nuestra terminal celestial. Es por ello que eligió al apóstol Juan, le dio una visión de la misma, y le dijo que la escribiera para todas las personas que nunca han estado allí.
Y Juan así lo hizo. Su descripción de la terminal se encuentra registrada en el capítulo siete del libro de Apocalipsis. Pero antes de leerlo, debo advertirte que hay un problema. Es que Juan fue un ser humano como tú y yo, por lo que tanto sus pensamientos como las palabras que utiliza para describir al cielo, también son humanas. Y allí es donde se encuentra el problema: Juan tuvo que describir un lugar divino con palabras que simplemente no hacen justicia a todo lo que él vio. De hecho, a Juan le resultó más fácil describir lo que NO vio. Si prestas atención, verás que es cierto.
Así es como Juan describió la terminal. Él dijo: «Ya no tendrán hambre ni sed, ni el sol los abatirá, ni calor alguno, pues el Cordero en medio del trono los pastoreará y los guiará a manantiales de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apocalipsis 7:16-17).
En otras partes de su libro, Juan agrega más detalles a su descripción de la terminal. Por ejemplo, dice que el lugar tiene puertas hechas de perlas, y calles construidas con oro. Toda esta información es importante e interesante, pero la parte que más me gusta es cuando dice que el Señor enjugará toda lágrima de nuestros ojos. Kelly, debo confesarte que en las últimas 24 horas he llorado mucho. He llorado porque tú has sido un amigo muy, muy querido, y te voy a extrañar. Pero quiero que sepas que no estoy enojado porque te vayas a la terminal que Jesús ha abierto para ti y para todos los que creemos que hemos sido perdonados por su obra y creemos en él como nuestro Salvador. No, Kelly, no estoy llorando por ti, porque sé que vas a ver cosas tan maravillosas, que ni siquiera las puedes imaginar. Vas a ser recibido en el cielo por tu Señor, y allí vas a reunirte con tus padres y mis padres, al igual que con una inmensa cantidad de testigos cuyas almas también han sido lavadas de todo pecado por el Salvador.
Kelly, al igual que muchos otros, yo he estado llorando por nosotros, porque nuestras vidas van a ser diferentes cuando tú te vayas. Pero sabemos que el mismo Salvador que va a terminar tu enfermedad y va a darte la bienvenida en la terminal, también va a cuidarnos a nosotros. Y, aún cuando lleve un tiempo, él también va a enjugar las lágrimas de nuestros ojos. Sabemos que va a ser así, porque él así lo ha prometido. Él va a permitirnos verte parado en admiración a la entrada de la terminal, y así sabremos que ese lugar es mucho más hermoso que nada de lo que este mundo pueda ofrecer, y que tú estarás allí mucho más feliz que lo que jamás hayas estado aquí.
Y cuando, con la ayuda del Espíritu Santo logremos aceptar que la separación no es un ‘adiós’, sino un ‘hasta pronto’, tendremos esa paz que sobrepasa todo entendimiento humano. Cuando eso suceda, comprenderemos que la muerte no es más que el camino de Dios que nos conduce a su bendita terminal. Así que, mi amigo del alma, buen viaje.
Si usted quisiera saber más acerca de la terminal del cielo y del Salvador que hace de ella el destino final para los creyentes, no dude en comunicarse con nosotros en Cristo para Todas Las Naciones. Amén.