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PARA EL CAMINO
¿Te han contado alguna buena historia alguna vez? ¿Qué tipo de cuentos te gusta escuchar o leer? Una buena historia tiene como columna vertebral alguna trama coherente con su debida secuencia de eventos. Las narraciones comúnmente se componen de un inicio o introducción, el desarrollo de la obra y un desenlace. Por lo general, a la gente le gusta escuchar historias con un comienzo cautivador o interesante que introduce el tema principal del relato. Le sigue a este prefacio algún tipo de problema o conflicto, lo que se llama el nudo de la obra. Esta parte de la narrativa crea cierta tensión y la expectativa de alguna resolución. Termina entonces la historia con la esperada conclusión, la cual trata de resolver de algún modo el conflicto o la problemática de toda la trama.
¿Qué tipo de desenlace te gusta escuchar en historias, cuentos o narrativas? El fin o desenlace de una narrativa es muy importante. ¿Cómo desatar el nudo de una historia? ¿Cómo concluir de forma apropiada y efectiva? Por lo general, pocos quieren desenlaces tristes o trágicos en sus historias. La mayoría de la gente busca historias con un final feliz. Además, hoy en día es raro encontrar a oyentes o lectores con interés en aprender alguna lección o moraleja importante de los relatos que escuchan o leen. Prefieren narrativas terapéuticas, historias que inspire en ellos emociones placenteras y sentimientos de felicidad.
En el texto bíblico de hoy, Jesús nos cuenta una historia. Como es de esperarse, su relato tiene un inicio, un nudo o conflicto y una conclusión. Pero esta historia no cumple con las expectativas de muchos consumidores contemporáneos de cuentos. Se trata de una parábola, un tipo de narrativa cuyo propósito no es terapéutico sino instructivo. La parábola tiene como fin enseñar alguna verdad acerca del reino de Dios, es decir, algo acerca de la forma en la que Dios actúa en el mundo y en nuestras vidas. Además, la parábola que Jesús cuenta en esta ocasión no pretende inspirar en sus oyentes sentimientos de felicidad. De hecho, esta parábola carece de un final feliz. Su desenlace es trágico y triste. Después de una semana cargada de trabajo y de noticias trágicas, la gente quiere consumir historias que los ayuden a relajarse un poco y sentirse un poco mejor. Pero la parábola de Jesús no llena estas expectativas.
Consideremos los elementos de la parábola. La introducción nos presenta al personaje principal de la historia. Es un hombre que plantó una viña y en su ausencia se la arrendó a unos labradores para que la hicieran fructífera. Cuando llega el tiempo propicio, el dueño de la viña envía a uno de sus siervos como su representante a recaudar parte de la producción del viñedo. Pero los labradores expulsan al siervo de la viña y lo matan. La trama se intensifica cuando el dueño manda a un segundo siervo en su lugar que los labradores también expulsan y asesinan. Lo mismo le pasa a un tercer siervo. Este conflicto entre el dueño del viñedo y los labradores malvados llega a su punto culminante cuando el dueño envía a su hijo amado, a su propio heredero, como su máximo representante para resolver de una vez por todas el problema. Trágicamente, los labradores, motivados por el malvado deseo de quedarse con la herencia del hijo, lo expulsan y matan como a los demás mensajeros. La resolución del relato termina con la muerte del hijo amado, un desenlace muy triste.
La viña o el viñedo es el pueblo de Dios. El hombre que la plantó y su dueño es Dios Padre. Como sus representantes en la tierra, Dios ha puesto a labradores a cargo del cuidado espiritual de su pueblo, de sus ovejas. Estos son los líderes religiosos de Israel, quienes en vez de guiar al pueblo de Dios por sendas de justicia practican la injusticia. No cosechan buen fruto. Cuando Dios les envía a sus siervos en su nombre para llamarlos al arrepentimiento y a producir frutos de justicia, los labradores los expulsan y matan. Estos siervos son los profetas que Dios envía a su pueblo a través de la historia de Israel como sus representantes para llamar a los líderes y al pueblo a confesar sus pecados, a volverse a Dios y hacer su voluntad. Los profetas son los voceros de Dios que proclaman su Palabra, y que por causa de su mensaje son expulsados y hasta asesinados. Finalmente, el hijo amado de Dios Padre es su Hijo Jesucristo, la plenitud de los profetas, a quien su Padre envía al mundo para llamarlo al arrepentimiento y salvarlo de sus pecados y de la ira de Dios contra todo pecado y maldad. Trágicamente, sin embargo, los líderes religiosos traman en contra del enviado de Dios, buscando la manera de matarlo, y este deseo malvado se consuma en la pasión y muerte de Jesús. Triste desenlace.
Pero allí no termina la parábola. Recordemos que la parábola tiene la intención de enseñarnos algo acerca de Dios, de la forma en la que quiere reinar entre nosotros, de su carácter y propósito en nuestras vidas. Por eso finaliza Jesús la parábola con una pregunta dirigida a sus oyentes en todo tiempo y lugar. Inmediatamente después de relatar la muerte del hijo y heredero del dueño del viñedo, Jesús les pregunta a sus oyentes, a la multitud: «¿Qué creen ustedes que el dueño de la viña hará con ellos? Pues irá y matará a esos labradores, y dará su viña a otros» (vv. 15-16).
¿Y cómo responden los presentes a esta pregunta de Jesús? El texto nos presenta dos tipos de reacciones. Una reacción viene de los líderes religiosos de Israel, quienes se ven reflejados en los labradores malvados de la parábola. El texto nos dice que «los principales sacerdotes y los escribas trataron de echarle mano [a Jesús], pues comprendieron que, al contar esa parábola, Jesús se refería a ellos» (v. 19). Estos son los que escuchan la parábola con un espíritu arrogante, un corazón impenitente. En vez de escuchar la Palabra de Dios con gozo rechazan a sus profetas, como lo hicieron con Juan el Bautista. Pero, sobre todo, rechazan a su Hijo amado. Tanto así que «procuraban matarlo» (v. 47). Querían acechar a Jesús, atraparlo diciendo algo indebido, para que lo arrestaran y fuera condenado a muerte (v. 20). No quisieron escuchar la Palabra de Dios. No quisieron arrepentirse de sus pecados. No quisieron practicar la justicia.
Jesús usa otra imagen para describir a los labradores malvados que rechazan y matan al hijo del dueño de la viña. Los asocia con constructores que desecharon la piedra angular de un edificio (v. 17). En una construcción la piedra angular es importantísima. La piedra es bastante grande y se coloca en una esquina de la estructura para darle rigidez y sostener los muros. Desechar tal piedra no solo es irresponsable, sino peligroso. Si no manejas a la piedra debidamente, puedes caer sobre ella o te puede caer encima. Por eso advierte Jesús: «Todo el que caiga sobre esa piedra, se hará pedazos; y si ella cae sobre alguien, lo aplastará por completo» (v. 18). Estas imágenes, la de los labradores y la de los constructores, nos muestran que la consecuencia de rechazar al Hijo de Dios y sus palabras es la muerte entendida sobre todo como la separación eterna del pecador de la presencia de Dios Padre. Mediante el uso de estas imágenes, la parábola advierte de pecado, amonesta al injusto, con el propósito de que se arrepienta y se vuelva a Dios. La parábola nos enseña a confesar nuestros pecados.
Esto nos lleva a la otra posible reacción a la parábola. Al escuchar a Jesús, la gente o la multitud exclamó, «¡Dios nos libre!» (v. 16). Estos oyentes son los que escuchan la parábola con un espíritu humilde, un corazón contrito, con pesar por su pecado. Su deseo es que Dios los libre de ser como los labradores malvados, que Dios los libre de rechazar a sus profetas y a su Hijo amado, que Dios los libre de su ira en contra del pecado y toda injusticia. Su deseo es recibir y creer en la Palabra que su Padre les comunica mediante sus profetas y sobre todo mediante su Hijo para así producir en ellos frutos de arrepentimiento. Los que claman «¡Dios nos libre!» son los que escuchan la Palabra con fe en el Hijo y la ponen en práctica con gozo en sus corazones. La parábola nos enseña a recibir la Palabra de Dios, poner nuestra confianza en su Hijo y vivir según su palabra en amor a los demás.
La parábola de Jesús no es cualquiera historia. Es una historia que nos enseña en qué consiste el Reino de Dios. Nos dice que Dios es un Padre que nos ha dado la vida y el privilegio de ser sus hijos e hijas, y de servirle en su viña. Nos dice la parábola que Dios demanda de nosotros frutos de arrepentimiento. Nos dice que cuando no cumplimos con sus demandas, Dios en su bondad nos envía a proclamadores de su Palabra– a los profetas y a su propio Hijo Jesús– para llamarnos al arrepentimiento, a confesar nuestras faltas contra Él y nuestros prójimos. Por un lado, la parábola nos dice explícitamente que aquellos que no reciben su Palabra con un corazón contrito y humilde, morirán separados de su Padre. Por otro lado, la parábola nos dice indirecta o implícitamente, que Dios Padre reina en las vidas de aquellos que escuchan su Palabra por medio de sus profetas, reciben a su amado Hijo por la fe y viven animados por esta fe en amor y justicia para con los demás. De ellos es el Reino de los cielos.
¿Qué tipo de desenlace te gusta escuchar en historias, cuentos o narrativas? ¿Te gustan los finales felices? Bueno, es cierto que la parábola termina con un final triste y trágico. Finaliza con la maldad de pecadores impenitentes, que al rechazar la Palabra de su Padre y al matar a su amado Hijo, sufren la ira de Dios y mueren separados de su perdón, vida y salvación.
Pero la parábola no tiene que terminar así para ti. El día de la salvación ha llegado a tu vida. Dios ha enviado a su Hijo Jesús al mundo para tomar sobre sí tus pecados en la Cruz. La sangre de su Hijo apaga el fuego de la ira de Dios por tus pecados. Su sangre te limpia de todo pecado y deseo malvado. Pero la historia continúa. Dios también resucitó a su Hijo Jesús de entre los muertos para que, por medio de Él, tú también seas resucitado de la muerte y vivas en feliz y eterna comunión con Dios Padre. Jesús es la piedra que fue desechada por los constructores, pero Dios lo resucitó y ahora es la piedra principal de la iglesia. El que ponga su fe en Él vivirá y nunca morirá. Está edificado sobre la roca de su salvación. Ese es el desenlace que Jesús quiere para ti. El día de la salvación ha llegado a tu vida. Feliz comunión con Dios Padre mediante su Hijo Jesucristo.
Al oír la parábola, muchos dijeron, «¡Dios nos libre!» ¡Tengo buenas noticias! En Cristo, Dios nos ha hecho libres. Nuestro Padre misericordioso envío a su Hijo amado a nuestras vidas para librarnos del poder del pecado, el diablo y la muerte. Por su vida, muerte y resurrección, Jesús ha pasado a ser la piedra angular y principal de nuestras vidas, la roca fuerte y firme de nuestra redención, el fundamento de nuestra fe y la fuente de nuestro amor, justicia y servicio a los demás.
Esta es nuestra historia. Esta es tu historia de salvación, una historia con un final feliz. Demos gracias a Dios Padre por hacernos herederos de su salvación y vida eterna mediante la fe en Jesús, su Hijo amado y nuestro Salvador.
Y si quieres saber más sobre la historia de salvación de Cristo, a continuación, te diremos cómo comunicarte con nosotros en Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.